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lunes, 1 de agosto de 2016

Pokémon Go: HABEMUS NUEVO FANDOM TÓXICO.

«El fanatismo, venga de donde venga, acaba con todo».
Santiago Posteguillo.

   Al igual que un molesto herpes que sale en la parte más visible de la boca justo antes de que tengas una cita, vuelve una vez más Reflexiones de un Friki Cabreado a levantar escozores, ampollas y pústulas entre el gentío. Esta vez hablando de la nueva moda asquerosa de turno que amenaza para quedarse (lo que dure la moda, claro) y dar el coñazo todo lo que pueda y más: Pokémon Go.

   Si ustedes son de esos afortunados que han estado viviendo fuera de las redes sociales debajo de una roca y no saben lo que es, CUÁNTO LES ENVIDIO Pokémon Go es una aplicación móvil por la que uno puede salir a la calle a cazar bichos con la cámara del smartphone y ser el mayor autista coleccionista de pokemones del mundo mundial.

   El juego de momento es gratis para jugar y es accesible a todo aquel que no tenga una patata tecnológica. Por el contrario, los servidores se caen cada dos por tres, las funciones que requiere drenan las baterías de los teléfonos como los murcianos el agua manchega y la obtención y entrenamiento de los bichos está convirtiéndose en una competición más de suerte y picaresca que de habilidad o seguir las reglas. Pero bueno, esas son las típicas cosas que se pueden esperar de una aplicación para el móvil y algo tan influyente como es Pokémon. Y para bien o para mal, me da igual.

   Socialmente, a las buenas, se trata de la realización del sueño de la infancia de mucha gente que creció con el fenómeno que supuso esta franquicia y de hacer realidad las insistentes increpaciones de los padres de antaño del «a veh si saleh a la calle que ehtáj to’l día con la maquinita». ¡E incluso se comenta que hay gente con la que se puede socializar con esto! Por el interés, ojo, pero socializar. Y a las malas el ordeñe de una franquicia incapaz de morir mediante la atávica nostalgia de los niño-hombres más inmaduros.

   Y personalmente, qué quieren que les diga: me da del todo igual. No es una cosa que me llame, no es una cosa en la que gastaría un segundo de mi tiempo y aborrezco lo suficiente los pokemones como para que la sola mención al objetivo del asunto me repela. E igualmente, podría morir de deshidratación de lo mucho que me suda la polla cuando veo a alguien jugar o pasárselo bien al respecto.

 
No será la panacea, pero sí reconozco que muchos habríamos hecho LO INNOMBRABLE por haber tenido algo así de pequeños.


   Sin embargo, hay una cosa que me repatea y que tengo que ver en redes sociales, principalmente Twitter, día sí y día también. Una cosa tan tóxica, dañina y obsesiva que siento mis neuronas y mi paciencia morir cada vez que veo una mención al asunto: el fandom.

   El fandom de Pokémon Go, para que me entiendan ustedes, viene a ser la cosa más tóxica, sectaria, violenta y recalcitrante desde el fandom de Harry Potter. Gente que ha convertido una aplicación para pasar el rato alimentándose de la asquerosa nostalgia en una mezquina competición de egos rotos y complejitos que tapar de la forma más barata posible.

   «¡Pero Friki Enfurruñado, es que no te gusta que la gente se lo pase bien con algo que les gusta y a ti no! ¡Eres un hater! ¡Policía de la diversión!». Este argumento tan putifanístico es falso. MUY falso. Tan falso como la supuesta integridad de alguien que se haya sacado la carrera de Periodismo por la Complutense. Y para rebatir semejante ad hominem soplapollez, volveré a repetir una cosita y a ponerla en negrita y subrayados a ver si eso consigue atravesar la barrera de su ceguera: yo no tengo NINGÚN PROBLEMA con que la gente se lo pase bien con esto, no tengo NINGÚN PROBLEMA con que la peña suba memes y no tengo NINGÚN PROBLEMA con lo que cada uno decida invertir su tiempo y su dinero. Por mí como si todos ustedes, queridos seguidores y putifans de este «juego» cogen, van a las oficinas de Niantic y hacen cola para succionarles las gónadas con fruicción a todos y cada uno de los empleados que participaron en la creación y desarrollo de Pokémon Go.

   Sin embargo, LO QUE NO ES DE RECIBO es encontrarse todos los días una competición absurda de vanidades, de ver quién tiene los cojones más gordos a costa de insultar al de al lado; todo reflejado en una timeline de Twitter literalmente PETADA. Porque da igual lo que hayamos crecido en edad, mucha gente sigue siendo igual de inmadura que en los primeros años del colegio. Y esta moda lo demuestra: habéis convertido un pasatiempo en un «a ver quién mea más lejos y tonto el que no comparta lo que a nosotros nos gusta».

   ¿Lo gracioso del asunto? Es que tres colores. ¡Tres simples colores! Han sido motivo más que suficiente para una continua fuente de salseos, impertinencias y demás infantilidades.

   Como sabrán a estas alturas (y si no lo saben, ya estoy yo para informarles), Pokémon Go segrega a los jugadores según tres colores a los que cada uno deba elegir enlazar a su perfil. Y a esos colores, rojo, azul y amarillo, las cabezas pensantes de Niantic decidieron ponerles los rimbombantes nombres de «Equipo Valor», «Equipo Sabiduría» y «Equipo Instinto». Sin embargo, más allá de los cursis nombres, los «equipos» no dejan de ser un «ponte el color que más te guste». Pero como no podía ser de otra forma, las cabezas no-pensantes de turno decidieron tomarse en serio los nombres de marras y sentirse «identificados» por unas palabras que de por sí están totalmente vacías.


¿Quién murió y dejó al mando a Usuario de internet #ZX-38923038629 
ser el portavoz del fandom y decir a todo el mundo cómo se debe saludar a otros equipos?


   A partir de ese momento, raro es el día en los que uno no pueda encontrarse con discusiones que van de «mi Equipo X es mejor que el vuestro» al «es que los del Equipo Y son tontos y los del Equipo Z somos los listos» pasando por toda una recolección de todos los insultos que pueda haber llegado a conocer la RAE. Porque al parecer lo único que nos ha traído la edad ha sido la libertad de llamar de todo a todos sin que nadie reciba una colleja por ello. Y oye, quien se quiera matar por unos simples colores, que se mate. «Selección Natural», se llama. Igual que con todos los accidentes causados porque el tonto de turno no miraba donde iba ya que estaba más preocupado de cazar al enésimo Pidgey que de que estaba en medio de la carretera.

   Aquí es donde entran las cuñadeces, las soberbias, las pretenciosidades, las hipocresías, las traiciones y todos esos rasgos que más odio en el ser humano, todos ellos de la mano de tres colores. Porque está visto que en ni en internet ni en ningún sitio podemos tener ya cosas bonitas o ser seguidores de algo sin tener que insultar al de al lado o compararnos con él: el Equipo Valor está lleno de cobardes que insultan detrás de la pantalla de un ordenador, el Equipo Sabiduría lleno de ignorantes y demás incompetentes y el Equipo Instinto de auténticos energúmenos con los sentidos más dormidos que un oso perezoso.

   Y podrían llamar a los equipos de otra forma. Podrían llamarlos «Manos», «Pies» y «Esternocleidomastoideo»; «Carne», «Verduras» y «Pescado»; «Glande», «Prepucio» y «Testículos» o «Tontos», «Idiotas» y «Estúpidos», ¡pero daría del todo igual! Porque las riñas siempre seguirán ahí. 

   ¿Pero sabéis qué es lo gracioso? ¿Queréis saber qué representan estos equipos en verdad? Estos equipos no representan literalmente NADA. Como mucho a una panda de niñatos que se pelean por ver quién es el más pedante de todo el rebaño. Punto. Y si vuestros egos están tan rotos como para tener que compensar faltas afectivas mediante la caza de bichejos virtuales, os ponéis una tirita u os vais a un psicólogo.

   Pero eso sí, si os insultáis entre vosotros por los equipos a los que pertenecéis, está bien. Si luego el resto del mundo hace lo mismo con sus equipos de fútbol, es que son tontos. La coherencia SE HACE NOTAR. 


«hes jrasioso poke los yaman retarazados xDxDxD».

  
   Porque esa, y no nos vamos a salir del tema de los complejitos, es otra. Ya que, como no podía ser de otra forma, cada vez que surge una moda siempre tienen que aparecer los típicos acomplejados necesitados de casito y atención a quienes les falta tiempo para crearse mil y una cuentas con las que soltar improperios, hacerse los graciosos, robar memes y ganar famita de forma rápida sin necesidad de tener talento para nada. ¡Parasitar en internet es así de fácil, barato y sencillo! ¡Sin tarjetas de crédito! ¡SIN MIERDAS!

   Así que, sin comerlo ni beberlo, tenemos una nueva oleada de supuestos «líderes de opinión», «humoristas» y «creadores» de memes que, como son incapaces de fabricar nada o hacer nada provechoso por el género humano (lo cual, irónicamente, podría proporcionarles esa famita de la que están tan hambrientos y por un motivo completamente legítimo) nos llenan timelines e interacciones a partes iguales de chistes sin gracia, salseos absurdos y memes robados en pos del más burdo pandering a una fanbase que hace mucho se convirtió en una literal secta.


Luego están los que, en su desesperación por obtener atención y famita,
se inventan que les han denunciado a ver si así alguien les hace caso.


   ¡Oh! ¡Pero vayámonos ahora a la otra cara de la moneda del fandom! ¡Vayámonos al anti-fandom! ¡A los haters! ¡Al grupo en el que automáticamente se me mete a mí solo por no gustarme una parte EXTERNA al producto y con el que tampoco me siento identificado! Pero esta vez a los haters de verdad, a la gente a la que sí le jode ver a la chavalada y no tan chavalada pasándoselo bien con los pokémon. Porque si yo detesto de por sí el sectarismo y la falta de criterio de unos, mucho más asco me dan el cuñadismo y la superioridad moral de los otros.

   Y si algo ha traído el lado hater de Pokémon Go ha sido una oleada de cuñados y clasistas sociales armados con el poder de la falacia rápida y una build de frase lapidaria + golpe en la mesa x1000.

   En primer lugar, gente MANDANDO leer a Dostoievski, Bukowski y otros Grandes de la Literatura™ para que los chavales dejen de jugar y así demostrar de paso su excelsa cultura. Porque todos sabemos que el acto humano de la lectura nos hace seres superiores, auténticos übermensch por encima del bien y del mal. Porque no es que el leer sea lo que literalmente cualquier persona no analfabeta puede hacer, sino que es una habilidad exclusiva de estos SEMIDIOSES del pensamiento. Porque no es que se puedan hacer ambas cosas, no, sino que es o una cosa o la otra: ignorantes o culturetas; el terror o nosotros. ¡Claro que sí!

   Y sin embargo, a pesar de tanta cultura de la que presumen, esa misma gente que tanto manda leer a los Grandes de la Literatura™, o demuestran que no están por encima de enormes acomplejamientos, o directamente no habrán tocado ninguno de esos libros que tanto recomiendan forzosamente en sus vidas. Porque a estas alturas de internet ya nos conocemos.

   No obstante, si hay un tipo de hater del Pokémon Go que me haya molado, es el Gañán Salvapatrias: una digievolución del cuñao típico del bar incapaz de ver a gente disfrutar de nada y odia la cosa solo por ser la nueva moda joven de turno. ¡Y vaya un momento que ha tenido para aparecer!

   Hace ya un tiempo desde que escribo esta entrada, en Madrid se celebró una pokequedada, es decir, una quedada multitudinaria de usuarios de Pokémon Go para pasear por toda la ciudad en busca de los bicharracos de turno. Y lo que podría haber sido una cosa que pasó sin pena ni gloria para los que no nos interesa el tema en absoluto no tardó en convertirse en un Festival del Cuñadismo. En menos que canta un gallo, todos los bocachanclas de turno, salvapatrias canosos, cruzados de la moral, culturetas de internet y demás iluminados llenos de ínfulas sacaron las falacias correspondientes para llenar de mierda el evento con tal de demostrar tanto sus planos superiores de existencia moral como lo únicos y especiales que son con respecto al Rebaño™.

 
«La gente que juega a Pokémon Go son todos un rebaño de borregos, 
no como yo, que soy único y diferente a los demás».


   De las perlitas más conocidas, aparte de las típicas ilustraciones alarmista y demagogas que siempre aparecen, destacan falacias del falso dilema de la talla de «los jóvenes de ahora solo salen para capturar pokémon pero no a manifestarse por su futuro». ¡Claro, amigos, claro! ¡Porque no es que los jóvenes no se hayan manifestado ya por su futuro! ¡Sino que, de nuevo, una cosa SIEMPRE va a ser incompatible con la otra! ¡Porque los jóvenes no tienen derecho a salir más allá que para manifestarse! ¡Con dos cojones!

   Recordemos que esto de manifestarse y protestar por cómo de mal está el país es cosa de los jóvenes, quienes tienen la OBLIGACIÓN de hacerlo. Porque hay una ley por la que a partir de una edad determinada el derecho a protesta se pierde y los demás no pueden hacer otra cosa que arreglar el país desde la barra del bar, poniendo la rodaja de chorizo en el sobre electoral o directamente volviendo a votar al PP (o en su caso a Ciudadanos) para que no vengan los rojos todo siga igual y ya de paso que se jodan los jóvenes protesten o no.

   ¡Pero eso sí! Cuando toda esta misma gente se reúne para celebrar ER FÚRBO o a ver cómo convierten a un toro en un colador, ahí no se puede decir nada porque eh, PATATAS CON BEICON. ¡Nosotros llegamos antes y vosotros os jodéis!


«Los jóvenes hoy en día salen a la calle a cazar pokemones pero no a manifestarse por lo que importa. No como yo, que arreglo el mundo una vez por cada golpe en la barra».


   Y hablando de «nosotros llegamos antes y vosotros os jodéis», ¡cómo vamos a olvidarnos de Los Repartecarnés! Ya saben: todos los energúmenos que se las dan de TRVES de algo porque «antes a los frikis nos perseguían en el colegio», «si no tienes una letra escarlata en la frente por gustarte Pokémon no tienes derecho a que te guste» y «es que ahora lo han casualizado todo tanto que se nos ha llenado de posers».

   ¿Qué puedo decir que no haya dicho en una entrada anterior con motivo de las chuminadas que hay que aguantar todos los años con el Día del Orgullo Friki? Que hay que ser PATÉTICO para dedicarte a repartir carnés de algo sin ser nadie en la vida, sobre todo si se trata de algo tan insignificante como un gusto o una moda. ¡Dedícate mejor a solucionar tus problemas emocionales antes de meterte en la vida de otra gente!

   Pero en fin, al grano y resumiendo que es gerundio: Pokémon Go es una moda odiosa que acabará pasándose rápidamente de la misma forma que ya nadie se acuerda de gilipolleces de la magnitud de Twitch Plays Pokémon. Y aunque yo no tenga nada tal cual en contra de la aplicación misma o quién la use o para qué, sí es cierto que ambas caras de la moneda de su seguimiento son igual de ODIOSAS tanto por su sectarismo y por su agresividad.


Los gráficos habrán cambiado pero el autismo sigue siendo el mismo.


   ¿En cuanto a mí? Yo no me pongo en el bando de nadie, ni de los que lo aman ni de los que lo odian. Lo único que quiero es que desaparezca ya la modita para que se me deje de dar el coñazo. Porque en ningún lugar de las especificaciones del producto viene nada con respecto a fanatismos ni guerras santas, ya sea hacia los unos o hacia los otros, de la misma forma que no es la cura para la cantidad de complejitos que mucha gente ha acabado sacando a la luz con esto.

   Joder, yo en mi Twitter subo las cosas que a mí me gustan y de las que soy seguidor y no me meto a decirle a ninguna otra persona en lo que debe o no debe hacer, mucho menos si es mejor o peor por tener unas aficiones determinadas (nota: yo no digo que los fans del Undertale no sean personas, ellos sabrán lo que son).

   Y al igual que yo no soy quien para decidir los gustos de nadie, nadie es quién para condenar lo que me guste o lo que me deje de gustar. La diferencia radica en que yo no voy buscando guerras santas sobre qué gallina de los huevos de oro es más sagrada, de la misma forma que si alguien está en su derecho de gustarle algo y expresarlo, yo estoy en mi mismo derecho de que NO me guste ese mismo algo y expresarlo también. Todo eso por no mencionar que, al menos a mí, no me pagan por defender a muerte algo que me gusta cuando veo a alguien hablar mal de ello, de modo que tampoco me dedico a proteger a capa y espada nada poniendo palabras que nadie ha dicho en boca de dicha gente o increpando a nadie por ser «un policía de la diversión».

   Y si hay alguien que por esto vaya a tirar una relación o una amistad por la borda, que no me eche a mí la culpa (a mí o al objetivo a censurar de turno, que me menciono aquí a mí mismo porque realmente ME HA PASADO y me he visto censurado y atacado por esta gilipollez), pues el Pokémon Go en esto en verdad no es más que el catalizador de cómo ha sido desde siempre la persona que está dispuesta a censurar y rechazar a otros cuando los intereses de los demás no confluyen con los suyos propios.

   Porque yo tengo amigos que juegan al Pokémon Go que si no me dicen ellos que juegan yo ni me acuerdo de que lo hacen debido a que son lo suficientemente maduros como para no dar el coñazo; al igual que tengo a gente que viene, publica sus memes o sus últimas capturas y lo dejan ahí en vez de quemar el asunto. Y NUNCA ha habido problemas con esa gente, de modo que tal vez el problema radique en los que hayan convertido esta modita en una competición absurda y en una excusa para lanzarse a la yugular de unos y otros solo porque no opinan lo mismo que esa persona.


   Vamos: el fandom tóxico de toda la vida.


¿Queríais fanatismo tóxico? ¡Vive Dios que tendréis fanatismo tóxico!
(Pero como este no os interesará, os faltará tiempo para ponerlo a parir).

sábado, 12 de abril de 2014

Frozen me ha dejado frío.

«Cuando ocurre el desastre, observad a Anna unirse a su hermana, a un mercader, a un tío bueno y a un muñeco de nieve para derrotar a villanos como su hermana, un mercader, un tío bueno y un muñeco de nueve».
Honest Trailers: Frozen.

   Sí, yo también he caído, qué se le va a hacer. Realmente, ni siquiera me atrajo la primera vez que me la presentaron y menuda la odisea por la que tuve que pasar por intentar vérmela entera, pues necesité tres intentos hasta pasar más allá de los primeros veinte o treinta minutos de metraje sin dormirme de lo mucho que me aburría y llegar hasta el final. ¿Y saben qué? Que en absoluto es para tanto.

   Frozen es una película normalucha tirando a floja tirando a ME CAGO EN DIOS QUÉ MALA ES. Sí, recupera las pretensiones de los clásicos Disney que la convierten instantáneamente en un algo de la calidad que se le espera como el estilo musical, el humor blanco, los escenarios fantásticos y demás, pero también significa que es la misma cascada de clichés que hemos visto ya más de un millón de veces por muchos «cambios» que le hayan imprimido a esta producción. Y es que es ésa una de las características con las que intentan vender esta película, que tiene cambios con respecto al esquema Disney de chica conoce a chico y se enamora de él a primera vista. Eso y el tema musical principal Let it go, pero ya hablaré de él más adelante.


O también pueden verlo aquí. Total, la visita ya me la han dado.


   El argumento de Frozen no es que dé para mucho, y es una de esas películas en las que importa más el viaje que lo que suceda en la meta, pero no pierdo nada por contarlo y ya de paso avisar de spoilers.

   En un reino de aspecto escandinavo nacen dos princesas, Anna y Elsa, de las cuales la última tiene el poder de crear hielo de la nada. Las dos hermanas disfrutan de su niñez jugando con la nieve que Elsa hace caer en el hall hasta que un accidente obliga a los reyes a sellar los poderes de ésta y a borrarle la memoria a Anna pero conservando las sensaciones que ha experimentado, obligando a Elsa a vivir recluida toda su vida en su cuarto temerosa de sus poderes.

   Pasado un tiempo tras la muerte de sus padres, las princesas crecen hasta alcanzar la mayoría de edad y se celebra la coronación de Elsa, pero tras la ceremonia sus poderes se desatan delante de todo el mundo y, temerosa de lo que le pueda pasar, huye hacia las montañas, donde decide que vivirá como una ermitaña sin saber que la liberación de sus poderes ha traído como consecuencia que se desencadene un invierno eterno por todo el país. Por su parte, Anna decide ir a buscarla dejando el reino en manos de Hans, un chico al que acaba de conocer que resulta ser un príncipe de tierras lejanas y con el que desea casarse.

   Durante el ascenso, la princesa recibirá la ayuda de Kristoff, un joven picahielos; de Sven, un reno que se cree un perro, y de Olaf, un muñeco de nieve con vida propia y trisomía del par 21. Los cuatro consiguen llegar a Elsa pero ésta les rechaza, hiriendo a Anna en el proceso. Mientras tanto, preocupado por la tardanza de su prometida, Hans organiza una partida para buscarla y llegan hasta Elsa, a la que casi matan dos mercenarios contratados por un villano menor, provocando que sus poderes se descontrolen y pierda el conocimiento.


«ZÍ, ZOI DETDAZADO».


   La herida mágica de Anna empeora a marchas forzadas y tras una visita a la aldea de unos trolls musicales obsesionados con shippear casar a gente contra su voluntad (¡!), éstos le dicen a Anna y a Kristoff que es una maldición que sólo puede romperse con un acto de amor verdadero, por lo que ambos vuelven al castillo en busca de Hans. Sin embargo, tras dejar Kristoff a merced del príncipe a la chica, éste admite sin motivo alguno que no la quiere y que lo único que desea es casarse con ella por el trono, así que decidirá dejarla morir y matar a Elsa, quien, sin saberlo él, recobra el conocimiento y huye liberando sus poderes otra vez.

   Entonces se inicia una lucha desesperada por parte de Anna, Kristoff y Hans para llegar hasta una Elsa enloquecida, pero es el sacrificio de la primera la que detiene tanto a su hermana como al príncipe justo en el momento en el que la maldición hace efecto y la joven se convierte en hielo. Sin embargo, son los llantos de Elsa los que rompen el conjuro y devuelven a Anna a la vida, poniendo a Hans entre rejas y abriendo una vía para que ella y Kristoff se enamoren... lo que significaría que ninguno de los personajes ha aprendido nada porque Anna y Kristoff llevan toda la película a excepción del final tratándose despectivamente mutuamente y realmente no se conocen, así que la elección de la princesa a un chalado con ganas de pegar el braguetazo del siglo es un chalado que le pone voz a su reno con complejos y que lava las cosas a escupitajos. Hurra...


¡No ese Kristoff! ¡Si ni siquiera se escriben igual!


   Pero como pueden ver, existen dos cambios fundamentales en Frozen con respecto al resto de películas Disney que a ojos de mucha gente les puede parecer una película rompedora. El primero es que el amor a primera vista no funciona y el segundo que el acto de amor no lo realiza ningún personaje masculino por amor romántico sino que se trata de un amor fraternal. No obstante, la forma que han tenido de ejecutarlos, sobre todo el primer cambio, hizo que el hecho de que el extraño príncipe Hans resultase ser el innecesario villano principal de la historia algo previsible por esa manía que tienen las películas de Disney de soltar la moraleja antes de que ocurran los sucesos que den lugar al drama y por tanto a dicha moraleja. Con respecto al segundo... pues qué quieren que les diga, no es para tanto; a fin de cuentas, sólo dos películas Disney se resuelven con un beso amoroso por parte de un príncipe, por lo que tampoco se puede decir que el cambio rompa con ninguna tradición.

   Aparte de esto, tenemos un plantel muy soso y sin personalidad, de entre los que destacan exclusivamente los personajes de Olaf, el muñeco de nieve parlanchín obsesionado con ver el verano (¿lo pillan? Es un muñeco de nieve… ¡en verano! ¡Pero los muñecos de nieve se derriten con el calor, que es lo que hace en verano! ¡LA RISIÓN!), y Sven, el reno que se cree un perro por motivos nunca explicados, únicamente porque el primero es «la cara» de la película (y por ende la del merchandising) y el segundo es «la mascota», aunque yo más bien diría que el Scrappy por lo irritante que es.

   Sin embargo, es Olaf, el muñeco retrasado, el que me saca de quicio como si no hubiera mañana. Si fuese sólo por su malsana obsesión con el verano, no me importaría tanto, pero es que se trata de un personaje inútil e innecesario. Esta abominación de la naturaleza no hace avanzar en absoluto la trama y no aporta, literalmente, nada. Su único papel, aquello que justifica su existencia, se basa en el humor corporal («jijí-jajá, se descompone porque es de nieve y le ponen el cuerpo al revés. ¡LA COMEDIA!»), en ser el personaje mágico bocazas de turno porque el reno Sven tendrá todo el complejo de perro del mundo pero por desgracia no puede hablar (aunque ya Kristoff le pone palabras en la boca representando una especie de trastorno bipolar muy chungo...) y en ser la voz de todas las locas del coño del mundo con frases como «hay personas por las que merece la pena derretirse» (¿lo pillan? DERRETIRSE. PORQUE ES UN MUÑECO DE NIEVE) o «el amor es anteponer sus necesidades a las tuyas». ¡Frozen, la película Disney feminista!


«Recuerda que el amor es anteponer sus necesidades a las tuyas».


   Además, cabe destacar un aspecto que me ha molestado durante toda la película, que es ese halo de inevitabilidad que rodea todo lo que sucede durante la trama. Me explico: los personajes de esta historia tienen la fea costumbre de verlo todo blanco o negro de una forma irremediable, así que cuando sucede algo grave, las decisiones que toman son siempre las más extremas y dedicadas a aminorar los daños en lugar de solucionarlos, cuando precisamente en esta película no hay una sola situación que tenga, figuradamente, DECENAS de posibles soluciones mejores que las que se toman al final.

   ¿Quieren un ejemplo? Pues pongamos entonces la decisión de los reyes de sellar los poderes de Elsa y borrar los recuerdos de Anna dejando intactas sus sensaciones. Al final de la película resulta que es el poder del amor lo que anula los poderes de la princesa y el miedo el que crea el hielo (algo enormemente rebatible, pero de momento hagamos como que la película tiene razón). Bien, ¿por qué no enseñar a Elsa a controlar sus poderes? ¿Por qué no hacerle sentirse querida en lugar de tratarla como un monstruo? De esta forma tarde o temprano se descubrirá que es el sentirse querida lo que anula los efectos de su poder sobre el hielo. ¿Por qué no normalizar su situación de cara al público para que nadie acabe intentando matarla porque la considere un peligro en lugar de una baza? Porque recordemos que uno de los pilares económicos de este reino es el mercado del hielo (de hecho, la primera canción de la película trata sobre la industria del hielo. LA PRIMERA, la que asienta cómo funciona una parte importante de esta sociedad).

   ¿Y por qué borrarle a Anna sus recuerdos dejando intactas sus sensaciones? ¿Qué consiguen con eso aparte de dejar una posible vía a que una las piezas y lo recuerde todo? ¿Por qué no enseñarles la responsabilidad que conlleva tener este poder y una hermana con dicho poder? ¿Y por qué los trolls, tan sabios como son lanzando exposición fatalista, no son capaces de llegar a una serie de soluciones más fáciles, sencillas y productivas? Porque podrían ser ellos los que enseñaran a Elsa con su magia si los reyes no se ven capaces…

   Como ven, existen muchas formas de solucionar conflictos en esta película, y éste en concreto es precisamente el conflicto principal el desencadenante de todos los acontecimientos del metraje. Todo esto sin tener en cuenta el origen de los poderes de la princesa, que nunca llegan a explicarse, o por qué Hans decide volar su tapadera sin motivo alguno confesando que no desea a Anna y que es poco menos que el verdadero villano cuando existen millones de excusas alternativas posibles que le salven el tipo.

   El apartado musical no me parece una maravilla, y de hecho muchas canciones me parecieron fuera de lugar, más como una especie de relleno para ocultar la falta de originalidad que otra cosa. Sólo dos canciones me llamaron poderosamente la atención, Do you want to build a snowman? y Let it go, pero por motivos muy distintos. La primera es una música de exposición, pero personalmente me gustó por ser tan triste y a la vez tener una melodía tan alegre. Me gustó el ritmo, me gustó la letra, me gustó la melodía, me gustó la forma que tiene de evolucionar de una canción alegre a narrarnos la tragedia familiar que se está viviendo en esa casa. Tanto es así que tres semanas tras haber visto la película todavía la tenía (y tengo) pegada en la cabeza para bien o para mal.


ESTO >>>>>>>>>>>>>>>> Let it go.


   Let it go, por su parte, me llamó la atención porque no es para tanto. Seré yo, que soy así de raro, pero no me pareció gran cosa, y de hecho como canción me pareció hasta floja después de todo el bombo que se le ha dado. Simplemente se trata de Elsa construyendo su Fortaleza de la Soledad porque sus papis fueron unos cretinos que decidieron ocultarla diez años de su vida como si fuera un monstruo en lugar de normalizar la situación, por lo que la única forma que tiene de creerse feliz es vivir como una loca de los gatos ermitaña a tomar por culo. Se supone que es encantador y tal pero realmente es una canción muy vacía y poco sentimental a pesar de tratar de eso, de unos sentimientos de liberación que no son más que una cobardía inmensa de alguien que afronta sus problemas huyendo de ellos. En cuanto al ritmo, la melodía y demás... pues ni es para tanto ni es algo que se le queda a uno pegado en la cabeza.

   Luego ya el resto de las canciones son muy olvidables o directamente malas: la canción de los picahielos es aburrida y tediosa de oír, la canción de amor a lo Moulin Rouge por parte de Anna y Hans cuando se conocen es genérica a más no poder, la canción sobre Olaf deseando ver el verano con número de baile sacado de Mary Poppins no sólo es vil relleno sino además un insulto a la inteligencia de todo aquel que tenga más de tres años y un número correcto de cromosomas y la de los trolls casando a Anna y a Kristoff directamente es tonta. Tonta, tonta, tonta. El resto de canciones son tan blandas y olvidables que me cuesta hasta recordar de qué iban, así que ya ven qué panorama.

   Sin embargo, aparte de Do you want to build a snowman?, hay un detalle que sí me ha llamado la atención positivamente, y es el uso del hielo para representar la psique de Elsa. El uso de los colores, las formas y hasta la manera de liberarse vuelven muy profundo su uso, con formas suavemente redondeadas y tonalidades azules y moradas cuando está feliz o picudas y blancas o rojas cuando se pone a la defensiva, pero ocurriendo que es un hielo que se forma solo, sin indicios de que ella lo controle o diga que lo está usando. Son las formas las que indican su auténtico estado psíquico y fortalecen el carácter y los sentimientos de la reina y eso nos ahorra, afortunadamente, que nos fusilen a nolanismos que nos narren lo que estamos viendo. 

   Sí, también es cierto que este recurso ya está inventado, que no es nada nuevo y que hasta la tercera película de los pokémon lo hizo incluso mejor. Pero tratándose de los estándares de Frozen, supongo que es de agradecer que el muñeco de nieve retrasado nos estuviese señalando cada dos por tres los que ocurre en la pantalla.


APRENDE, DISNEY.


   En pocas palabras para ir terminando, el título que me recomendaron para esta entrada iba a ser Frozen me ha dejado helado, pero eso significaría que ha causado una fuerte impresión en mí buena o mala, y nada más lejos de la realidad. Más bien me ha dejado frío, indiferente. Habrá cosas más o menos simpaticonas y tal, pero esto no quita que siga siendo una película más del montón tirando a un relleno cinematográfico para la partecita de Let it go, que a excepción de mí no deja indiferente a nadie.


   Quien la quiera ver, que la vea, pero quien no, que sepa que tampoco se ha perdido ni se va a perder nada. De hecho, yo es que ni siquiera la recomiendo.

lunes, 10 de marzo de 2014

Twitch Plays: infinitos monos jugando a Pokémon.

«En vez de “época gloriosa” ha puesto “época ‘mayorzosa’”. ¡Estúpido primate!»
Montgomery Burns, Los Simpson.

   En fin, supongo que éste es el post obligatorio sobre la típica moda estúpida internetera de turno. Podría haberme tocado escribir sobre una chula o graciosa pero no, ha tenido que ser sobre uno de los mayores PETARDAZOS que hemos tenido que aguantar las personas  inteligentes y decentes desde CATÁSTROFES como el HORRENDO Ai Se Eu Te Pego, los IRRITANTES seriéfilos o el estúpido, estúpido, ESTÚPIDO Harlem Shake. Ya de perdidos al río, cuanto antes empiece, antes acabaré y antes se terminará este suplicio.

¿Al final le acabó pegando a alguien o fue a él a quien le partieron los morros?


   Twitch Plays Pokémon es un «experimento sociológico» (¡anda, mira, como Gran Hermano!) que consiste en que un montón de gente juega masivamente y al mismo tiempo la misma partida de Pokémon Rojo mediante votos. El… «experimento»... No, espera, vamos a llamar las cosas por su nombre: LA GILIPOLLEZ. LA GILIPOLLEZ no tiene un fin determinado más allá de una absurda democratización internetera de palo. Sí, ya saben, esa «democratización» entrecomillada que parte de que todo el mundo por tener acceso a internet tiene razón y que todas las opiniones son válidas por el mero hecho de ser opiniones. Sí, exacto, esa misma, la que es propia de la gente que cuando no tiene argumentos para nada se escuda en que es «su opinión» y que DEBES respetarla por errónea, falaz u ofensiva que sea.

   Y como no podía ser de otra forma, siendo internet, el cebo para semejantes garrulos atrajo a otra gente de igual ralea y similar nivel de idiotez por milímetro cuadrado corporal: los «poketardos» (entiéndanse como los «seriéfilos» de Pokémon, la gente que se cree especial por jugarlo) y los llamados «nostalgiafags» (esos personajillos que no ven más tipos de calidades más allá de si algo es de los 80 y los 90), dos castas deleznables que si se mezclaran en internet sería como juntar a los orcos y los Uruk-hai respectivamente.


«DALE A LAIC SI JUEGAS A POKÉMON CON 15 AÑOS»


   Si alguien de entre los que me lean es un ser pluricelular y tiene la capacidad mental de uno, se dará cuenta de que si cientos de miles de personas juegan mediante votos la misma partida, será todo la mar de caótico y avanzar se haría casi imposible. Pues bien, queridos lectores, ése es el secreto tras LA GILIPOLLEZ, en el caos, en que duró a lo sumo dieciséis días seguidos para terminar una simple partida al Pokémon Rojo. ¿La gracia detrás de esto? Ninguna, pero supongo que tiene que ver con eso, con que es una jugabilidad imposible y que se acabaron juntando los «expertos» en los pokemones, los que no tienen ni idea y los que se metieron por joder la partida, aunque para eso no hacía falta demasiado porque ya era una mierda para empezar.

   Como digo, LA GILIPOLLEZ duró dieciséis días y hubo gente que se la chupó entera. ¡El tiempo libre, señores! ¡Lo que hace uno cuando le sobra el dinero y no tiene un trabajo que atender! Bueno, el tiempo libre o…

EL AUTISMO.

   Pero lo mejor de todo no vino después de múltiples horas de ver a un personaje dar vueltas o actuar en contra de cualquier noción de avance, sino del final. Porque LA GILIPOLLEZ terminó con el protagonista derrotando al Alto Mando y a Blue, el personaje rival, lo que desencadenó en una avalancha de gente dándose palmaditas en la espalda y creyéndose lo más de lo más porque en una hora determinada poco menos que aleatoria el número de gente que votó las opciones correctas para elegir los ataques fue superior al de la gente que se equivocó. GUAU, ¡el Premio Nobel, amigos! Que le den a las investigaciones contra el cáncer o el SIDA, que el premio os lo vais a llevar vosotros por semejante «experimento sociológico».

   Sarcasmos aparte, mis más sinceras felicitaciones a los participantes y los creadores por redactar la mayor lista de ineptos jamás publicada en todo internet, de gente que como no tiene otro papel en la vida que estar haciendo el mongolo delante de una pantalla se dedica a participar y hacer avanzar (o retroceder) chorradas destinadas al fracaso per se. Pero lo mejor de todo es justo eso, el que habrá quien se crea especial por ello: por ser un garrulo que en vez de darle un palo al agua decidió que era mejor mirar a un personaje dando vueltas durante dieciséis días seguidos.

   ¿Pero sabéis qué? ¿Queréis que os diga una cosa que os dejará aturullados? ¿Sí? ¿En serio? ¿De verdad? Pues acercaos. Sí, sí, acercaos. ¿Estáis listos? Es lo siguiente: NO HABÉIS HECHO NADA ESPECIAL.

   ¿Queréis saber a qué se debe semejante victoria, el presunto triunfo de vuestro querido «experimento sociológico»? Pues a una cosita llamada Teorema de los Monos Infinitos, que promulga la idea de que si metes infinitos monos en una habitación para que escriban al azar, al final acabarán escribiendo cualquier libro, incluyendo obras de Shakespeare. Y esto es lo que ha pasado: cientos de miles de monos han votado qué teclas pulsar durante una partida de un juego determinado y al final han acabado pasándoselo de pura suerte y de puro azar.

Jejé, qué gracioso el monete. ¡Se cree alguien por jugar a los pokemones!

   Además, ¿qué esperáis? ES POKÉMON ROJO, un juego que todo Dios tiene o al que todo el mundo ha jugado. Es más, según el medio Badatvideogames.net en una entrevista con el supuesto padre del engendro, él mismo admitió que si eligió Pokémon Rojo fue tanto por el factor nostalgia como porque, y cito textualmente, «Pokémon Rojo depende muchísimo del sistema de combates por turnos y es muy indulgente». Sencillamente, le tengo que dar la razón ahí, pues es ese sistema de monos escribiendo, esa democratización absurda en la que opinión va antes que razón jamás podría funcionar en algo que requiriese el uso REAL de las neuronas.

   De hecho, no es nada nuevo, esto ya se hizo: en 1999, el ajedrecista ruso Garri Kaspárov retó al mundo a un torneo de ajedrez por internet en el que cada movimiento del bando mundial se decidía por votación. ¿Y saben ustedes qué? Que Kaspárov ganó. Ganó porque era un sistema que necesitaba una serie de pensamientos lógicos y una inteligencia determinada no sólo para jugar al ajedrez sino para estar a la altura del campeón, pero como hubo más errores que aciertos, incluso aquellos quienes jugaran bien tuvieron que ver cómo perdían al ser sus votos enterrados entre verdaderas cagadas.

Hipster Kaspárov ya retaba al mundo antes de que se hiciese popular.


   Pero claro, una cosa es el ajedrez y otra jugar a los pokemones, algo que no requiere pensamiento real ni complejidad mental alguna por muy democrática que sea la partida. ¿Todavía seguís creyéndoos especiales?

   Por desgracia, como el mundo está así de loco y hay tanto inútil suelto por el mundo, Twitch Plays Pokémon sigue siendo un fenómeno viral que ya tiene sus imitadores y que no tiene pinta de ir a detenerse en un futuro cercano. ¿Pero saben qué? Que no me importa. No me importa lo lista que se crea la gente por jugar a videojuegos, no me importa que los Twitch Plays se extiendan como los cánceres que son. No. No me importa. Ahora ya no. Porque mientras escribía estas líneas me he estado documentando y realmente me he dado cuenta de que no tiene sentido preocuparse por un grupete de monos votando cuántas vueltas debe dar un personaje durante cuántos días antes de seguir su viaje. ¿Porque qué son ellos comparados con la partida de Kaspárov contra el mundo? ¿Qué complejidad posee un caos forzado e informal como ese? Esto no es más que una moda absurda más de internet inflada por los factores «Pokémon» y «nostalgia» que desaparecerá tan rápido como vino.


   Sin más.